Con alegría dejamos el ruido y las querellas de Guweira. Tan pronto como nos libramos de nuestra escolta de moscas, nos detuvimos: en verdad no había necesidad de prisa, y los dos desdichados que me acompañaban estaban probando un calor como jamás habían conocido, pues el aire sofocante era como una máscara de metal sobre nuestros rostros.
Era admirable verlos esforzarse por no hablar de ello, para mantener el espíritu de la empresa de Akaba y resistir con tanta firmeza como los árabes; pero con este silencio los sargentos sobrepasaron con creces lo estipulado. Fue la ignorancia del árabe lo que los hizo tan superfluamente valientes, pues los árabes mismos se quejaban a gritos del sol tiránico y de la falta de aire; pero el efecto de la prueba fue saludable; y, para hacer efecto, yo anduve jugueteando, fingiendo que lo disfrutaba.
Al atardecer avanzamos un poco más y nos detuvimos a pasar la noche bajo una espesa cortina de tamariscos.
El campamento era muy hermoso, pues a nuestras espaldas se alzaba un acantilado, quizá de cuatrocientos pies de altura, de un rojo intenso bajo la luz horizontal del poniente.
Bajo nuestros pies se extendía un suelo de lodo de color ante, tan duro y sordo como un pavimento de madera, llano como un lago durante media milla en cada dirección; y sobre una baja colina a un lado del mismo se alzaba el bosquecillo de troncos de tamarisco de madera marrón, bordeado por una franja escasa y polvorienta de verde, descolorida por la sequía y el sol hasta casi alcanzar el gris plateado del envés de las hojas del olivo en torno a Les Baux, cuando un viento procedente de la desembocadura del río agitaba la hierba del valle y hacía que los árboles palidecieran.