Sin embargo, parecía que Nasi y yo íbamos a perder la costumbre de dormir. Nuestro ruido en Nisib nos había proclamado tan ampliamente como las llamas de Mezerib. Apenas nos habíamos calmado cuando empezaron a llegar visitantes en avalancha desde tres flancos para discutir los últimos acontecimientos.
Corría el rumor de que estábamos haciendo incursiones y no ocupando; de que más tarde huiríamos, como lo habían hecho los británicos desde Salt, dejando que nuestros amigos locales pagaran las cuentas.
La noche, hora tras hora, se veía interrumpida por estos recién llegados que lanzaban desafíos en torno a nuestros vivacs, pidiendo a gritos que los guiáramos como almas en pena; y, al modo campesino, babeando sobre nuestras manos con la protesta de que nosotros éramos sus más altos señores y ellos nuestros más humildes servidores.
Quizás el recibimiento que les dimos estuvo por debajo de nuestra norma habitual; pero, en compensación, ellos nos aplicaban el suplicio de mantene-rnos despiertos, inquietantemente despiertos.
Llevábamos tres días y tres noches bajo tensión; pensando, dando órdenes y ejecutando; y ahora, de camino al descanso, amargaba echar a perder también esta cuarta noche en el viejo, deslucido y dudoso juego de hacer amigos.
Y su quebrantada moral nos impresionaba cada vez peor, hasta que Nasir me, apartó y me susurró que era evidente que existía un foco de descontento en algún centro cercano. Solté a mis guardaespaldas campesinos para que se mezclaran con los aldeanos y descubrieran la verdad; y, según sus informes, parecía que la