más que al uadi Itm, pues por allí no había ningún otro drenaje a través de las colinas hacia el mar; y bajamos por ellos a toda carrera, cruzando una y otra vez a la aventura las crestas a nuestra derecha hacia afluentes paralelos, para acortar la línea supuesta.
Al principio era un país de arenisca limpia, de formas rocosas agradables: pero a medida que avanzábamos, espinas de granito, el material de la costa, se alzaron frente a nosotros, y después de treinta millas de buena pendiente al trote pasamos, por el Itm meridional, al valle principal, justo encima del pozo de la rendición de Ácaba. El viaje nos llevó solo seis horas.
En Ácaba fuimos directamente a la casa de Faysal. Mi repentina vuelta le asustó, pero una palabra explicó el pequeño drama que se estaba representando en Rumm. Después de comer tomamos las medidas necesarias.
- Los veinte camellos de carga debían salir en dos días con suficientes camelleros de Faysal para transportar los explosivos, y algunos de sus esclavos personales para vigilarlos.
- Me prestaría al jerife Abdula el Feir, el mejor de sus secuaces que estaba entonces en el campamento, como mediador.
- Las familias de los hombres que cabalgaron conmigo hacia el ferrocarril recibirían provisiones de sus almacenes mediante un certificado mío.
Abdulla y yo salimos antes del alba, y por la tarde, tras un amigable trayecto, llegamos a Rumm y lo hallamos todo en orden, con lo que se disipó la inquietud.
El jerife Abdulla se puso manos a la obra de inmediato. Tras reunir a los árabes, incluido el recalcitrante Gasim, comenzó a calmar sus pesares con esa persuasión espontánea que era el sello distintivo de todo líder árabe, y que toda su experiencia servía para aguzar.