Una primera dificultad del movimiento árabe consistía en definir quiénes eran los árabes. Al ser un pueblo manufacturado, su nombre había ido cambiando de sentido lentamente año tras año. Antaño significaba un habitante de Arabia. Había un país llamado Arabia, pero esto no venía al caso. Había una lengua llamada árabe, y en ella residía la prueba. Era la lengua corriente de Siria y Palestina, de Mesopotamia y de la gran península llamada Arabia en el mapa. Antes de la conquista musulmana, estas zonas estaban habitadas por diversos pueblos que hablaban lenguas de la familia árabe. Las llamábamos semíticas, pero (como ocurre con la mayoría de los términos científicos) de forma incorrecta. Sin embargo, el árabe, el asirio, el babilónico, el fenicio, el hebreo, el arameo y el siriaco eran lenguas emparentadas; y los indicios de influencias comunes en el pasado, o incluso de un origen común, se veían reforzados por nuestro conocimiento de que las apariencias y costumbres de los actuales pueblos de Asia de habla árabe, aunque tan variadas como un campo lleno de amapolas, guardaban un parecido mutuo tan esencial como equitativo. Podríamos llamarlos primos con toda propiedad —y primos conscientes, aunque apenados, de su propio parentesco—.
Las zonas de Asia de habla árabe en este sentido formaban un paralelogramo irregular. * El lado norte se extendía desde Alejandreta, en el Mediterráneo, cruzando Mesopotamia hacia el este hasta el Tigris. * El lado sur era la orilla del océano Índico, desde Adén hasta Mascate. * Por el oeste estaba delimitado por el Mediterráneo, el canal de Suez y el mar Rojo hasta Adén. * Por el este, por el Tigris y el