Nuestro sucesor y solución debía ser local; y, afortunadamente, el nivel de eficiencia requerido era también local. La competencia sería con Turquía; y Turquía estaba podrida.
Algunos de nosotros juzgábamos que había suficiente poder latente y de sobra en los pueblos árabes (el componente mayoritario del antiguo Imperio turco), una aglomeración semítica prolífica, grande en el pensamiento religioso, razonablemente industriosa, mercantil, astuta, aunque de carácter más bien disolvente que dominante.
Habían cumplido un plazo de quinientos años bajo el rastrillo turco y habían empezado a soñar con la libertad; así que cuando por fin Inglaterra se enemistó con Turquía, y la guerra se desató en Oriente y Occidente a la vez, quienes creíamos poseer una indicación del futuro nos propusimos inclinar los esfuerzos de Inglaterra hacia el fomento del nuevo mundo árabe en el Asia anterior.
No éramos muchos; y casi todos nos agrupamos en torno a Clayton, el jefe de Inteligencia, civil y militar, en Egipto. Clayton era el líder perfecto para un grupo de hombres salvajes como nosotros. Era tranquilo, distante, clarividente, de un valor inconsciente al asumir responsabilidades. Les daba vía libre a sus subordinados. Sus propias opiniones eran generales, como sus conocimientos; y trabajaba por medio de la influencia más que de la orden estentórea. No era fácil discernir su influencia. Era como el agua, o un aceite penetrante, que se filtraba silenciosa e insistentemente a través de todo. No era posible decir dónde estaba Clayton y dónde no, y cuánto le pertenecía realmente en realidad. Jamás dirigía de manera visible; pero sus ideas estaban a la par de las de quienes lo hacían: impresionaba a los hombres por su sobriedad y por una cierta y serena moderación de la esperanza.