El primer ataque a Medina había sido un asunto desesperado. Los árabes iban mal armados y escasos de municiones, y los turcos contaban con una gran fuerza, ya que el destacamento de Fakhri acababa de llegar y las tropas destinadas a escoltar a von Stotzingen hasta el Yemen aún se encontraban en la ciudad.
En el momento álgido de la crisis, los Beni Ali cedieron; y los árabes fueron expulsados más allá de los muros. Los turcos abrieron entonces fuego contra ellos con su artillería; y los árabes, poco acostumbrados a esta nueva arma, se aterrorizaron.
Los ageyl y los ateiba se pusieron a salvo y se negaron a volver a salir. Feisal y Ali ibn el Hussein cabalgaron en vano ante sus hombres a campo traviesa, para demostrarles que los proyectiles al estallar no eran tan mortíferos como sonaban. La desmoralización se acentuó.
Fracciones de los tribus Beni Ali se acercaron al mando turco con una oferta de rendición, a cambio de que se perdonara la vida a sus aldeas. Fakhri jugó con ellos y, en la tregua de hostilidades consiguiente, rodeó el suburbio de Awali con sus tropas: luego ordenó de repente que lo tomaran por asalto y masacraran a todo ser viviente entre sus muros.
Cientos de habitantes fueron violados y masacrados, las casas incendiadas y tanto los vivos como los muertos arrojados de nuevo a las llamas. Fakhri y sus hombres habían servido juntos y habían aprendido las artes de la muerte lenta y rápida con los armenios en el norte.
Este amargo sabor del modo turco de hacer la guerra sacudió a toda Arabia; pues la primera regla de la guerra árabe era que las mujeres eran inviolables: la segunda, que las vidas y el honor de los niños demasiado jóvenes para luchar con los hombres debían ser respetados: la tercera, que las propiedades imposibles de transportar debían dejarse intactas. Los árabes con Feisal comprendieron que se enfrentaban a nuevas costumbres y se retiraron fuera de su alcance para ganar tiempo y