jugábamos con el ferrocarril. Por la noche no pudimos encontrarlos, pues los turcos gritaban con fuerza y disparaban a las sombras desde sus puestos en la línea a nuestra espalda; y consideramos prudente mantenernos tranquilos nosotros mismos, sin encender fuegos ni enviar señales para atraer la atención.
Sin embargo, ibn Dgheithir, al mando del grueso de la tropa, había dejado un retén de enlace, de modo que antes de que nos hubiéramos dormido, se presentaron dos hombres para informarnos de que el resto acampaba sin novedad en el pliegue oculto de un empinado banco de arena un poco más adelante.
Volvimos a echar las alforjas sobre nuestros camellos y marchamos pesadamente tras nuestros guías en la oscuridad turbia (esta era casi la última noche de luna) hasta alcanzar su silencioso puesto en la cresta, y nos tendimos junto a ellos sin mediar palabra.
Por la mañana Auda nos puso en pie antes de las cuatro, subiendo la cuesta, hasta que por fin coronamos una cresta y nos precipitamos al otro lado, por una pendiente de arena.
En ella nuestros camellos se hundían hasta las rodillas, sostenidos en pie a pesar suyo por la arena adherente. Solo podían avanzar arrojándose hacia delante y hacia abajo por su superficie suelta, sacando las patas de entre ella con el peso de sus cuerpos.
Al fondo nos hallamos en los cauces cabeceros de un valle, que tendía hacia el ferrocarril. Otro medio cuarto de hora nos llevó al nacimiento de este, y franqueamos el bajo borde de la meseta que formaba la divisoria de aguas entre el Hiyaz y el Sirhan.
Diez yardas más, y nos encontrábamos más allá de la vertiente del mar Rojo en Arabia, adentrados de lleno en el misterio de su drenaje central.