dio espárragos envasados. Había pillado a un árabe abriendo una caja a palanca y le había gritado con horror «¡huesos de cerdo!» cuando el contenido salió a la luz. El campesino escupió y la soltó, y Nuri metió rápidamente todo lo que pudo en sus alforjas.
Los camiones llevaban enormes depósitos de gasolina. Detrás había unos remolques con leña. Le prendimos fuego a todo al atardecer, cuando el pillaje hubo terminado y las tropas y los hombres de las kabilas se hubieron retirado hacia la hierba blanda junto a la salida del lago.
El espléndido incendio que se extendía a lo largo de la fila de vagones iluminó nuestra cena. La madera ardía con un resplandor intenso, y las lenguas de fuego y las llamaradas de la gasolina se elevaban, más altas que los tanques de agua.
Dejamos que los hombres hicieran pan, cenaran y descansaran, antes de un intento nocturno en el puente de Shehab, que se encontraba a tres millas hacia el oeste. Habíamos querido atacar al anochecer, pero el deseo de comer nos detuvo, y luego tuvimos enjambres de visitantes, pues nuestra baliza nos anunciaba en medio Haurán.
Los visitantes eran nuestros ojos, y había que recibirlos bien. Mi tarea consistía en ver a todo el que trajera noticias y dejar que se desahogara conmigo, para luego ordenar y combinar la veracidad de estos datos en mi mente hasta formar un cuadro completo.
Completo, porque me aportaba seguridad en el juicio; pero no era consciente ni lógico, pues eran tantos mis informantes que me informaban hasta el delirio, y mi sola mente se doblegaba bajo tanta exigencia.
Hombres a caballo, en camello y a pie bajaban a borbotones desde el norte, cientos y cientos de ellos con una terrible grandeza de entusiasmo, creyendo que esta era la ocupación definitiva del país y que Nasir sellaría su victoria tomando Deraa durante la noche.