asalto efectivo del puente. Para evitar la llegada de refuerzos enemigos, barreríamos los accesos con ametralladoras, manejadas por los voluntarios indios del capitán Bray de la división de caballería en Francia, bajo el mando del jemadar Hassan Shah, un hombre firme y experimentado. Llevaban meses en el interior del país cortando vías férreas desde Wejh, y bien podía suponerse que se habían vuelto expertos a lomos de camello, aptos para las marchas forzadas que se avecinaban.
La demolición de grandes vigas inferiores con cargas limitadas de explosivo era una operación de precisión, y exigía un collar de gelatina explosiva, detonada eléctricamente. El Humber nos hizo unas correas de lona y hebillas para simplificar la fijación.
No obstante, el trabajo seguía siendo difícil de realizar bajo el fuego. Por miedo a una baja, se invitó a Wood, el ingeniero de la base en Ákaba y el único zapador disponible, a que viniera y me hiciera de doble. Aceptó de inmediato, a pesar de saber que le habían declarado médicamente no apto para el servicio activo a consecuencia de un balazo en la cabeza en Francia.
George Lloyd, que pasaba unos últimos días en Ákaba antes de marchar a Versalles para formar parte de una poco deseada comisión interaliada, dijo que cabalgaría con nosotros hasta Yéfer; como era uno de los mejores tipos y de los viajeros más discretos que existían, su compañía aumentó enormemente nuestra desoladora expectativa.
Estábamos haciendo nuestros últimos preparativos cuando llegó un aliado inesperado en la persona del emir Abd el Kader el Jezairi, nieto del caballeresco defensor de Argel contra los franceses. La familia exiliada había vivido en Damasco durante una generación. Uno de ellos, Omar, había sido ahorcado por Yemal por traición revelada en los papeles Picot. Los demás habían sido deportados, y Abd el Kader nos contó una larga historia sobre su huida de Bursa y su viaje, con mil aventuras, a través de Anatolia hasta Damasco.