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nydus/Seven Pillars of WisdomPublic
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CXVIII

El movimiento y los contracorrientes de tantas mentes atestadas me agitaban, inquieto, como a ellas mismas. En la noche no se veía mi color. Podía caminar a mi antojo, un árabe insignificante; y este hallarme entre los de mi propia raza, pero separado de ellos, me hizo extrañamente solitario.

Nuestros hombres de los autos blindados eran personas para mí, debido a su escasez y a nuestra larga compañía; y también por sí mismos, pues estos meses abiertos y desprotegidos al sol incandescente y al viento bravucón los habían desgastado y refinado hasta convertirlos en individuos. En semejante muchedumbre de soldados desacostumbrados, británicos, australianos e indios, andaban tan extraños y tímidos como yo; distinguidos además por la mugre, pues con semanas de uso sus ropas se les habían moldeado al cuerpo por el sudor y el uso y se habían vuelto integumentos más que envolturas.

Pero estos otros eran verdaderos soldados, una novedad tras dos años de irregularidad. Y comprendí de nuevo cómo el secreto del uniforme consistía en hacer que una multitud fuera sólida, digna e impersonal: en dotarla de la unidad y la tensión de un hombre erguido. Esta librea de la muerte, que aislaba a quienes la llevaban de la vida ordinaria, era el signo de que habían vendido sus voluntades y cuerpos al Estado, y se habían comprometido en un servicio no menos abyecto por el hecho de haber iniciado de forma voluntaria. Algunos de ellos habían obedecido el instinto de la rebeldía; otros tenían hambre; otros más anhelaban el encanto fascinante, el supuesto colorismo de la vida militar; pero, de todos ellos, solo hallaron satisfacción quienes habían buscado degradarse, pues ante los ojos de la paz se hallaban por debajo de la humanidad. Tan solo las mujeres depravadas se sentían atraídas por aquellas ropas delatoras; la paga del soldado, que no era un sustento como el de un

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