medidas adicionales necesarias para ayudarlos.
Los hombres me recibieron alegremente.
Bajo cada roca grande o matorral se extendían como escorpiones perezosos, descansando del calor y refrescando sus miembros morenos con el frescor matutino de la piedra sombreada.
A causa de mi caqui me tomaron por un oficial entrenado por los turcos que se había pasado a su bando, y fueron pródigos en sugerencias de buen humor pero espantosas sobre cómo debían tratarme.
La mayoría eran jóvenes, aunque el término «hombre de combate» en el Hiyaz significaba cualquiera de doce a sesenta años con suficiente sensatez como para disparar. Eran un grupo de aspecto rudo, de piel oscura, algunos negroides. Eran físicamente delgados, pero de una complexión exquisita, y se movían con una agilidad aceitada que daba verdadero gusto ver. No parecía posible que los hombres pudieran ser más resistentes ni más duros.
Cabalgaban distancias inmensas día tras día, corrían por la arena y sobre las rocas descalzos bajo el calor durante horas sin sufrir, y escalaban sus colinas como cabras. Su ropa consistía principalmente en una camisa holgada, a veces con calzoncillos cortos de algodón, y un pañuelo para la cabeza, por lo general de tela roja, que servía de toalla, pañuelo o talego según se requiriera. Estaban surcados de cananas y disparaban tiros de júbilo cuando podían.
Estaban de muy buen humor y gritaban que la guerra podría durar diez años. Era la época más próspera que las colinas habían conocido jamás. El jerife no solo alimentaba a los combatientes, sino también a sus familias, y pagaba dos libras al mes por hombre y cuatro por camello. Nada más habría obrado el milagro de mantener a un ejército tribal en campaña durante cinco meses seguidos. Era costumbre nuestra mofarnos