Wingate era un general británico, comandante de una fuerza expedicionaria nominal, la Fuerza del Hiyaz, que en realidad comprendía unos cuantos oficiales de enlace y un puñado de almacenistas e instructores. Si Bremond se salía con la suya, se convertiría en general jefe de una brigada genuina de tropas mixtas británicas y francesas, con toda su placentera maquinaria de responsabilidad y partes oficiales, y su perspectiva de ascenso y reconocimiento oficial. En consecuencia, redactó un despacho prudente, que tendía a medias hacia la injerencia directa.
Como mi experiencia del sentimiento árabe en el país de los Harb me había dado opiniones firmes sobre la cuestión de Rabegh (en realidad, la mayoría de mis opiniones eran firmes), escribí para el general Clayton, a cuyo Buró Árabe había sido transferido formalmente ahora, un memorándum violento sobre todo el asunto.
A Clayton le agradó mi punto de vista de que las tribus podrían defender Rabegh durante meses si se les prestaban asesoramiento y armas, pero que sin duda se dispersarían de nuevo hacia sus tiendas tan pronto como oyeran hablar del desembarco de extranjeros en masa.
Además, que los planes de intervención eran técnicamente inadecuados, pues una brigada sería del todo insuficiente para defender la posición, prohibir a los turcos el acceso a los suministros de agua cercanos y bloquear su camino hacia La Meca.
Acusé al coronel Bremond de tener motivos propios, no militares, ni que tuvieran en cuenta los intereses árabes y la importancia de la revuelta para nosotros; y cité sus palabras y actos en el Hiyaz como pruebas en su contra. Estas daban un tinte meramente plausible a mi acusación.