replicó que era para librarnos de ser torturados hasta el punto de poder avergonzarnos a nosotros mismos. Creía que apenas quedaba un hombre con vida que no prefiriera una muerte gradual por debilidad en el desierto antes que un final repentino; de hecho, a su juicio, la muerte más lenta era la más clemente de todas, ya que la ausencia de esperanza evitaría la amargura de una lucha perdida, y dejaría la naturaleza del hombre en libertad para prepararse a sí mismo y a su espíritu para la misericordia de Dios. Nuestro argumento inglés, de que era más bondadoso matar rápidamente a cualquier cosa que no fuera un hombre, no quiso tomarlo en serio.
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