Aquí, a campo abierto, lejos de toda posibilidad de acercamiento oculto, no había temor a ser molestados, y nuestra ostentación de fuerza y confianza podía disuadir al enemigo invisible. Nuestro deseo era combatir a los turcos, y este asunto entre árabes era una absoluta pérdida de tiempo. Por la tarde cabalgamos doce millas más hasta un grupo escarpado de dunas de arena firme, que encerraban un espacio abierto lo bastante grande para nosotros y desde el que se dominaban los alrededores. Nos detuvimos allí, previendo otro ataque nocturno.
A la mañana siguiente hicimos una marcha rápida de cinco horas (nuestros camellos rebosantes de vida tras el descanso de ayer) hasta una hondonada-oasis de palmeras enanas, con matas de tamarisco aquí y allá, y abundante agua a unas siete fechas bajo tierra, de sabor más dulce que la de Arfaja.
Con todo, esta también resultó ser, según la experiencia, «agua de Sirhan», cuyo primer trago era tolerable, pero que se negaba a hacer espuma con el jabón y adquiría (tras dos días en recipientes cerrados) un mal olor y un gusto destructivos para el sabor pretendido del café, el té o el pan.
En verdad estábamos cansados de Wadi Sirhan, aunque Nesib y Zeki aún ideaban aquí obras de plantación y saneamiento para el Gobierno árabe una vez que este fuera establecido. Tal imaginación desbordante era típica de los sirios, que se persuadían fácilmente de las posibilidades y se apresuraban a descargar sus responsabilidades presentes sobre los hombros de otros.
—Zeki —le dije un día—, tu camello está lleno de sarna. —¡Ay de mí y de la desgracia! —convino él con tristeza—, por la tarde, muy rápido, cuando el sol esté bajo, le curaremos la piel con pomada.