al repartirlos sin cuidado. Un soldado raso le dio un billete de quinientas libras a un muchacho que le había tenido el caballo tres minutos. Young intentó hacer sus pinitos para respaldarla con el último remanente de nuestro oro de Áqaba; pero hubo que fijar nuevos precios, lo que implicaba el uso de la imprenta; y apenas se hubo resuelto eso, cuando ya se exigía un periódico. Además, como herederos del Gobierno turco, los árabes debían mantener sus registros de hacienda y propiedad, además del censo de almas. Mientras tanto, el personal antiguo se tomaba unas vacaciones jubilosas.
Las requisiciones nos acosaban cuando aún medio nos devoraba el hambre. Chauvel no tenía forraje y tenía cuarenta caballos que alimentar. Si no se le llevaba forraje, iría a buscarlo y la libertad recién encendida se apagaría como un fósforo. El estatus de Siria pendía de su satisfacción; y hallaríamos poca piedad en sus juicios.
Considerado en conjunto, este fue un atareado atardecer. Llegamos a un final aparente mediante una amplia delegación de cargos (demasiado a menudo, en nuestra prisa, en manos indignas), y mediante una drástica reducción de la eficiencia. Stirling el afable, Young el competente y Kirkbride el expeditivo respaldaron al máximo el poder de mente abierta de los oficiales árabes.
Nuestro objetivo era una fachada más que un edificio terminado. Se levantó con tanta furia y eficacia que, cuando abandoné Damasco el cuatro de octubre, los sirios contaban con su Gobierno de facto, el cual perduró durante dos años, sin asesoramiento extranjero, en un país ocupado y devastado por la guerra, y en contra de la voluntad de elementos importantes de los Aliados.
Más tarde estaba sentado solo en mi habitación, trabajando y maquinando de la forma más firme que los turbulentos recuerdos del día