La humedad hacía que el pelo de los animales se rizara como un vellón, de modo que parecían extrañamente desgreñados. Cuando la lluvia se detenía, lo cual hacía con frecuencia, un viento frío y gemebundo exploraba a fondo nuestras partes desprotegidas. Al cabo de un rato encontramos que nuestras camisas mojadas eran cosas húmedas y desagradables. No teníamos nada que comer, nada que hacer y ningún lugar donde sentarnos excepto sobre roca mojada, hierba mojada o barro. Sin embargo, este clima persistente no dejaba de recordarme que retrasaría el avance de Allenby sobre Jerusalén y le robaría su gran oportunidad. Una desgracia tan grande para nuestro león era un medio estímulo para los ratones. Seríamos socios hasta el año que entra.
En las mejores circunstancias, esperar a la acción era difícil. Hoy era bestial.
Incluso las patrullas enemigas avanzaban tropezando sin cuidado, de manera perfunctoria, contra la lluvia. Por fin, cerca del mediodía, en un claro de buen tiempo, los centinelas del pico sur agitaron sus capas frenéticamente en señal de que se acercaba un convoy.
Tomamos nuestras posiciones en un instante, pues habíamos pasado las últimas horas agazapados sobre los talones en una zanja anegada junto a la vía, para no perder otra oportunidad. Los árabes se cubrieron debidamente. Miré hacia su emboscada desde mi puesto de tiro y no vi más que las laderas grises.
No podía oír venir el tren, pero confié, y me arrodillé listo durante tal vez media hora, cuando la tensión se volvió intolerable, e hice una seña para saber qué pasaba. Mandaron decir que venía muy despacio y que era un tren enormemente largo.