oyentes con su servidumbre pasada a Turquía, y afirmó sin rodeos que hablar de la herejía turca, de la doctrina inmoral del Yeni-Turan o del califato ilegítimo no venía al caso. Era un país árabe, y los turcos estaban en él: esa era la única cuestión. Mi argumento se sentía muy ufano.
Al día siguiente brotó una gran complicación de carbuncos para disimular mi fiebre disminuida y encadenarme aún más tiempo en la impotencia, boca abajo en esta tienda apestosa.
Cuando hizo demasiado calor para el sopor sin sueños, retomé mi enredo y seguí deshilachándolo, considerando ahora toda la casa de la guerra en su aspecto estructural, que era la estrategia; en sus disposiciones, que eran la táctica, y en el sentimiento de sus habitantes, que era la psicología; pues mi deber personal era el mando, y el comandante, como el maestro arquitecto, era responsable de todo.
La primera confusión fue la falsa antítesis entre la estrategia —el objetivo en la guerra, la visión sinóptica que contempla cada parte en relación con el todo— y la táctica —los medios hacia un fin estratégico, los peldaños particulares de su escalera—. Parecían ser tan solo puntos de vista desde los cuales ponderar los elementos de la guerra: el elemento algebráico de las cosas, el elemento biológico de las vidas y el elemento psicológico de las ideas.
El elemento algebrico me parecía una ciencia pura, sujeta a la ley matemática, inhumana. Trataba con variables conocidas, condiciones fijas, espacio y tiempo, cosas inorgánicas como colinas, climas y ferrocarriles, con la humanidad en masas tipificadas demasiado grandes para la variedad individual, con todas las ayudas artificiales y las extensiones dadas a nuestras facultades por la invención mecánica. Era esencialmente formulable.