También decidí revivir la vieja idea de colocar una mina a un tren. Se indicaba algo más enérgico y seguro que las minas automáticas, y yo había imaginado el disparo directo, mediante electricidad, de una carga bajo la locomotora.
Los zapadores británicos me animaron a intentarlo, especialmente el general Wright, el ingeniero jefe en Egipto, cuya experiencia miraba con interés deportivo mis irregularidades. Me envió las herramientas recomendadas: un explosor y un poco de cable aislado. Con ellas subí a bordo del H.M.S. Humber, nuestro nuevo buque de guardia, y me presenté al capitán Snagge, al mando.
Snagge tuvo la fortuna de contar con un barco que había sido construido para Brasil y estaba mucho más confortablemente amueblado que los monitores británicos; y nosotros fuimos doblemente afortunados con él y con esto, pues era el espíritu de la hospitalidad.
Su naturaleza inquisitiva se interesaba por la costa y le veía el lado cómico incluso a nuestros pequeños desastres. Contarle la historia de un fracaso era reírse de él, y a cambio de una buena historia siempre me daba un baño caliente y té con los avíos de la civilización, libre de toda sospecha de arena arrastrada por el viento.
Su bondad y su ayuda nos sirvieron en lugar de visitas a Egipto para reparaciones, y nos permitieron seguir bregando contra los turcos mes tras mes de inútiles desengaños.
El detonador estaba dentro de una formidable caja blanca con cerradura, muy pesada. La abrimos a la fuerza, encontramos una palanca de trinquete y la empujamos hacia abajo sin dañar la nave.
El cable era un cable grueso con aislamiento de goma. Lo cortamos por la mitad, sujetamos los extremos a unos bornes de tornillo en la caja y nos dimos descargas eléctricas unos a otros de manera convincente. Funcionó.