Para redondear como debido este espionaje de la tierra hueca de Haurán, era necesario visitar Deraa, su ciudad principal.
Podíamos aislarla por el norte, el oeste y el sur destruyendo los tres ferrocarriles; pero habría sido más prolijo tomar por asalto el empalme primero y avanzar hacia afuera.
Talal, sin embargo, no pudo aventurarse a entrar conmigo, ya que era demasiado conocido en el lugar. Así que nos despedimos de él con muchas gracias de ambas partes y cabalgamos hacia el sur a lo largo de la línea hasta cerca de Deraa. Allí desmontamos.
El muchacho, Halim, tomó los ponis y partió hacia Nisib, al sur de Deraa. Mi plan era caminar alrededor de la estación de ferrocarril y del pueblo con Faris, y llegar a Nisib después de la puesta del sol.
Faris era mi mejor compañero para el viaje, porque era un campesino insignificante, lo suficientemente viejo como para ser mi padre, y respetable.
La respetabilidad parecía relativa mientras marchábamos bajo la luz acuosa del sol, que iba reemplazando a la lluvia de la noche anterior. El suelo estaba embarrado, íbamos descalzos y nuestras ropas ajadas mostraban las manchas del mal tiempo al que habíamos estado expuestos. Yo llevaba las prendas mojadas de Halim, con una chaqueta huraní desgarrada, y aún cojeaba por el pie roto que me hube hecho al hacer saltar por los aires el tren de Jemal. La vía resbaladiza dificultaba la marcha, a menos que abriéramos bien los dedos de los pies y nos agarráramos con ellos al suelo: y hacer esto milla tras milla resultaba para mí exquisitamente doloroso.