Paisajes, en el sueño de la infancia, eran tan vastos y silenciosos. Mirábamos hacia atrás a través de nuestra memoria en busca del prototipo sobre el cual todos los hombres habían caminado entre tales muros hacia una plaza abierta como aquella enfrente donde este camino parecía terminar.
Más tarde, cuando a menudo cabalgábamos tierra adentro, mi mente solía desviarme del camino directo, para despejar mis sentidos con una noche en Rumm y con el paseo por su valle iluminado por el alba hacia las llanuras brillantes, o por su valle en el atardecer hacia esa plaza resplandeciente que mi tímida anticipación nunca me dejaba alcanzar.
Yo solía decir: «¿Debo cabalgar esta vez más allá de los Khazail y conocerlo todo?». Pero, a decir verdad, Rumm me gustaba demasiado.
Hoy cabalgamos durante horas mientras las perspectivas crecían más y más grandes y magníficas en un diseño ordenado, hasta que una brecha en la pared del acantilado se abrió a nuestra derecha hacia una nueva maravilla.
La brecha, de unas trescientas yardas de ancho, era una hendidura en semejante muralla y conducía a un anfiteatro, de forma ovalada, poco profundo al frente y de largos lóbulos a derecha e izquierda.
Las paredes eran precipicios, como todas las murallas de Rumm, pero parecían más grandes, pues el foso yacía en el corazón mismo de una colina dominante, y su pequeñez hacía que las alturas circundantes parecieran abrumadoras.
El sol se había hundido tras el muro occidental, dejando el foso en penumbra; pero su fulgor moribundo inundaba con un rojo desconcertante las alas a cada lado de la entrada y la mole ígnea del muro opuesto al otro lado del gran valle.