Los soldados, libres ya para hablar, me advirtieron que los hombres deben someterse a los deseos de sus oficiales o pagarlo, como acababa de hacerlo yo, con sufrimientos mayores.
Me llevaron a través de un espacio abierto, desierto y oscuro, y detrás de la Casa de Gobierno hasta una habitación de madera adosada, en la que había muchos edredones polvorientos. Apareció un enfermero armenio para lavarme y vendarme con somnolienta prisa. Luego todos se fueron, y el último soldado se detuvo un momento a mi lado para susurrarme con su acento druso que la puerta que daba a la habitación contigua no estaba con llave.
Yacía allí en un estupor enfermizo, con la cabeza doliéndome muchísimo y entumeciéndose lentamente por el frío, hasta que la luz del alba brilló a través de las rendijas del cobertizo y una locomotora silbó en la estación.
Esto y una sed abrasadora me devolvieron a la vida, y descubrí que no sentía ningún dolor. El dolor más leve había sido mi obsesión y terror secreto desde que era un muchacho. ¿Me habrían drogado acaso con él hasta el delirium?
Sin embargo, el primer movimiento fue una angustia: en la cual luché por ponerme en pie desnudo, y me balanceé gimiendo de asombro ante el hecho de que no fuera un sueño, y yo mismo de nuevo cinco años atrás, un tímido recluta en Khalfati, donde algo, menos manchado, de esa clase había sucedido.
La siguiente habitación era un dispensario. De su puerta colgaba un traje de ropa barata. Me lo puse con lentitud y torpeza, a causa de mis muñecas hinchadas: y entre los medicamentos elegí sublimado corrosivo, como salvaguarda contra una recaptura. La ventana daba a un largo muro ciego. Con rigidez trepé y bajé temblando por el camino hacia el pueblo, pasando junto a la poca gente