reputación militar probada, sus botas de campaña impecables y su aire de ciencia bien vestida; pero llegó demasiado tarde, pues los oficiales árabes ya sentían que su honor estaba en juego.
Estuvimos de acuerdo en que debíamos dejarles hacer su voluntad en ese punto, a pesar de que en realidad éramos todopoderosos, con el dinero, los suministros y ahora el transporte en nuestras manos.
Sin embargo, si el pueblo era desaliñado, pues entonces tenía que tener un gobierno desaliñado; y, sobre todo, debíamos ir con pies de plomo con aquella democracia autónoma, el Ejército Árabe, en el cual el servicio era tan voluntario como elistamiento.
Entre los tres conocíamos bien el ejército turco, el egipcio y el británico, y defendíamos a nuestros respectivos amos.
- Joyce ponderaba la magnificencia de desfile de sus egipcios: hombres formales, que amaban el movimiento mecánico y superaban a las tropas británicas en físico, en elegancia y en la perfección de la instrucción.
- Yo sostenía la frugalidad de los turcos, aquel ejército desgarbado y harapiento de siervos.
Todos conocíamos el Ejército británico a nuestra manera; y al contrastar los servicios, hallamos una variedad de obediencia acorde con el grado de fuerza reglamentada que servía a cada uno como sanción.
En Egipto los soldados pertenecían a su servicio sin el control de la opinión pública. Por consiguiente, tenían un incentivo pacífico hacia la perfección de la conducta formal. En Turquía los hombres eran, en teoría, igualmente de los oficiales: en cuerpo y alma: pero su suerte se veía mitigada por la posibilidad de la huida.