Dos días después retrocederíamos al este del ferrocarril del Hiyaz y esperaríamos los acontecimientos con Allenby. Como reserva contra cualquier imprevisto, compraríamos cebada en el Yebel Druso y la almacenaríamos en Azrak.
Nuri Shaalan nos acompañaría con un contingente de los rualla; también los serdiyeh; los serahin; y campesinos hauranianos de la «Tierra Hueca», bajo las órdenes de Talal el Hareidhin.
Young consideraba que era una aventura deplorable. Joyce, a quien le había encantado nuestra conferencia de pelea de perros, estaba dispuesto a intentarlo, aunque dudaba de que yo fuera ambicioso.
Sin embargo, era seguro que ambos harían lo mejor posible, ya que el asunto estaba decidido; y Dawnay había ayudado en la parte organizativa al conseguirnos del Estado Mayor el préstamo de Stirling, un oficial de estado mayor experto, prudente y lleno de tacto. La pasión de Stirling por los caballos fue un pasaporte para intimar con Faisal y los jefes.
Entre los oficiales árabes se distribuyeron algunas condecoraciones militares británicas, muestras de su valor en Maán. Estas señales de la estima de Allenby alentaron al ejército árabe. Nuri Pasha Said se ofreció a comandar la expedición de Deraa, para la cual su valor, autoridad y sangre fría lo señalaban como el líder ideal. Empezó a elegir para ella a los mejores cuatro hombres del ejército.
Pisani, el comandante francés, condecorado con la Cruz Militar y en urgente búsqueda de la D.S.O., se apoderó físicamente de los cuatro cañones Schneider que Cousse nos había enviado después de que se marchara Bremond; y pasó horas de agonía con Young, intentando meter la munición reglamentaria y el forraje para las mulas, junto con sus hombres y su propia cocina privada, en la mitad de los camellos necesarios.