su libertad en la igualdad mental: casi preferían la servidumbre por ser más rica en experiencia que la autoridad, y menos absorbente en el cuidado diario.
En consecuencia, la relación entre amo y criado en Arabia era a la vez más libre y más sometida que ninguna otra que yo hubiera experimentado. Los sirvientes temían la espada de la justicia y el látigo del mayordomo, no porque la una pudiera poner fin de forma arbitraria a su existencia y el otro estampar ríos rojos de dolor en sus costados, sino porque estos eran los símbolos y los medios a los que habían jurado su obediencia.
Poseían una alegría del abajamiento, una libertad de consentimiento para rendir a su amo el último servicio y grado de su carne y sangre, porque sus espíritus eran iguales a los de él y el contrato era voluntario. Un compromiso tan ilimitado excluía la humillación, el descontento y el arrepentimiento.
En esta promesa de su resistencia, era una deshonra para los hombres si, por debilidad de nervios o falta de valor, no respondían a la llamada.
El dolor era para ellos un disolvente, un catártico, casi una condecoración, que debía llevarse con dignidad mientras sobrevivieran a él.
El miedo, el motivo más poderoso en el hombre indolente, se desmoronaba entre nosotros, ya que el amor a una causa —o a una persona— despertaba. Por semejante objeto, las penas se daban por descontadas, y la lealtad se volvía consciente, no obediente.
A ello los hombres dedicaban su ser, y en su posesión no había lugar para la virtud ni para el vicio. Alegremente lo alimentaban de lo que eran; le entregaban sus vidas; y, algo mayor que eso, las vidas de sus compañeros: siendo muchas veces más difícil ofrecer el sacrificio que sufrirlo.