Siempre los sentimientos y la ilusión batallaban en mi interior, siendo la razón lo bastante fuerte para vencer, pero no lo bastante fuerte para aniquilar al vencido, ni para abstenerse de quererlo más; y tal vez el conocimiento más verdadero del amor consistiría en amar lo que el ego despreciaba.
Y sin embargo, solo podía desearlo: podía vislumbrar la felicidad en la supremacía de lo material, y no podía rendirme a ella; podía intentar adormecer mi mente para que la inspiración soplara libremente a través de mí; y permanecía amargamente despierto.
Me gustaban las cosas que tenía debajo y busqué mis placeres y aventuras hacia abajo. Parecía haber una certeza en la degradación, una seguridad definitiva. El hombre podía elevarse a cualquier altura, pero había un nivel animal por debajo del cual no podía caer. Era una satisfacción sobre la cual descansar.
La fuerza de las cosas, los años y una dignidad artificial me lo negaron cada vez más; pero persistió el regusto de la libertad de una quincena juvenil y sumergida en Port Said, cargando carbón en los vapores de día con otros parias de tres continentes y acurrucándome de noche para dormir en el espigón junto a De Lesseps, donde el mar rompía con fuerza.
Cierto es que siempre acechaba aquella Voluntad, esperando inquieta para estallar. Mi cerebro era repentino y silencioso como un gato montés, mis sentidos como lodo obstruyendo sus patas, y mi yo (consciente siempre de sí mismo y de su timidez) diciéndole a la bestia que era de mala educación saltar y vulgar devorar a la presa. Así, enredado en nervios y vacilación, no podía ser algo a lo que temer; sin embargo, era una bestia real, y este libro su piel sarnosa, seca, disecada