salvó lo suficiente para equiparse como hombre de armas en la policía camellar jerifiana. El mérito le valió el ascenso a sargento, pero su sección atrajo demasiada atención debido a su costumbre de pelear con dagas y a su boca sucia; una fauce de depravación que se había alimentado de inmundicia en los burdeles de todas las capitales de Arabia. Una vez de más le temblaron los labios con humor —sardónico, lascivo, mentiroso—; y, al ser degradado, achacó su desgracia a un ateibí celoso, al que apuñaló en el tribunal ante los ojos del indignado jerife Sharraf.
El severo sentido de la decencia pública de Sharraf castigó a Abdulla con su más duro castigo, a causa del cual estuvo a punto de morir.
Tan pronto como estuvo lo suficientemente bien, entró al servicio de Sharraf. Al estallar la guerra se convirtió en ordenanza de ibn Dakhil, capitán de los Ageyl junto a Faisal.
Su reputación creció, pero el motín de Wejh convirtió a ibn Dakhil en embajador. Abdulla añoraba la camaradería de la tropa, e ibn Dakhil le había dado una recomendación por escrito para entrar en mi servicio.
La carta decía que durante dos años había sido fiel, pero irrespetuoso; la costumbre de los hijos de la vergüenza.
Era el Ageyli más experimentado, pues había servido a todos los príncipes árabes y había sido despedido de cada empleo, tras azotes y prisión, por ofensas de demasiada individualidad.
Ibn Dakhil dijo que el nahabi cabalgaba inmediatamente detrás de él, era un juez experto en camellos y tan valiente como cualquier hijo de vecino; con facilidad, ya que estaba demasiado cegato para ver el peligro.
De hecho, era el criado perfecto, y lo contraté al instante.