llamas. Después, las prisiones. Los funcionarios y los reclusos habían desaparecido de ellas a la vez. Shukri hizo de necesidad virtud mediante amnistías civiles, políticas y militares. Había que desarmar a los ciudadanos, o al menos disuadirlos de llevar fusiles. Una proclama era el remedio, seguida de bromas de buen humor que se fundían en una labor policial. Esto lograría nuestro fin sin malicia en tres o cuatro días.
Trabajo de socorro.
Los desamparados llevaban días medio muertos de hambre. Se organizó un reparto de la comida dañada de los almacenes del ejército. Después de eso, debían proveerse alimentos para el general.
La ciudad podría estar hambrienta en dos días: no había existencias en Damasco. Conseguir suministros temporales de los pueblos cercanos era fácil, si restaurábamos la confianza, salvaguardábamos los caminos y reemplazábamos los animales de transporte, que los turcos se habían llevado, por otros del fondo de capturas. Los británicos no querían repartir. Nosotros nos deshicimos de nuestros propios animales: los de nuestro transporte militar.
La alimentación rutinaria del lugar necesitaba el ferrocarril. Había que encontrar y recontratar inmediatamente a agujeros, maquinistas, fogoneros, operarios de los talleres, personal de tráfico.
Luego los telegrafistas: el personal subalterno estaba disponible; debían encontrarse directores y enviarse linieros para reparar el sistema.
El correo podía esperar uno o dos días: pero los alojamientos para nosotros y los británicos eran urgentes, al igual que la reanudación del comercio, la apertura de tiendas y sus necesidades colaterales de mercados y moneda aceptable.
La moneda era horrible. Los australianos habían saqueado millones en billetes turcos, lo único en uso, y los habían desvalorizado por completo