Unos encendieron fuegos contra la neblina penetrante de este Haurán arcilloso; otros durmieron tal como estaban sobre el suelo resbaladizo por el rocío. Los hombres perdidos andaban por ahí llamando a sus amigos, con ese lamento agudo y pleno del aldeano árabe. La luna se había ocultado, y el mundo era negro y muy frío.
Desperté a mi guardaespaldas, que cabalgó con tanta presteza que entramos en Sheikh Saad con el alba. Al pasar entre las rocas hacia el campo situado tras los árboles, la tierra cobró vida de nuevo con el nuevo sol. Los aires matutinos convirtieron en plata los olivares, y los hombres de una gran tienda de pelo de cabra a la derecha nos invitaron a ser sus huéspedes. Preguntamos de quién era el campamento. «De Ibn Smeir», respondieron.
Esto amenazaba con traer complicaciones. Rashid era enemigo de Nuri Shaalan, irreconciliado, encontrado por casualidad. De inmediato enviamos un aviso a Nasir. Afortunadamente Ibn Smeir estaba ausente. Por lo tanto, su familia sería nuestra huésped temporal y Nuri, en calidad de anfitrión, debía cumplir las reglas.
Era un alivio, pues ya en nuestras filas teníamos cientos de enemigos mortales, con sus enemistades apenas suspendidas por la paz de Faysal. La tensión de mantenerlos a raya, de emplear a sus exaltados en frentes separados, de equilibrar la oportunidad y el servicio para que nuestra dirección fuera estimada por encima de cualquier celo: todo eso ya era bastante malo.
La conducción de la guerra en Francia habría sido más difícil si cada división, casi cada brigada, de nuestro ejército se hubiera odiado a muerte y hubiera combatido al encontrarse de improviso. Sin embargo, los habíamos tenido tranquilos durante dos años, y ahora ya solo serían unos pocos días.