Nosotros, los del centro, desfilamos de un lado a otro para que su partida pasara inadvertida al enemigo, que estaba desplegando una procesión aparentemente interminable de ametralladoras y alineándolas por la izquierda a intervalos a lo largo de la cresta, como si estuviera en un museo.
Eran tácticas demenciales. La cresta era de pedernal, desprovista de cobertura para un lagarto. Habíamos visto cómo, cuando una bala impactaba en el suelo, esta y la tierra salían despedidas en una lluvia de astillas mortales.
Además, conocíamos el alcance y elevamos con cuidado nuestras ametralladoras Vickers, bendiciendo sus largas y anticuadas miras; nuestro cañón de montaña fue calzado en su sitio, listo para soltar una repentina ráfaga de metralla sobre el enemigo cuando Rasim entrara en combate.
Mientras esperábamos, se anunció el refuerzo de cien hombres procedentes de Aima. El día anterior se habían enemistado con Zeid a causa de la paga de guerra, pero habían decidido con gran generosidad enterrar viejas querellas ante la crisis. Su llegada nos convenció de abandonar al mariscal Foch y de atacar, al menos, por tres flancos a la vez.
Así pues, enviamos a los hombres de Aima, con tres armas automáticas, para desbordar el flanco derecho, o sea, el occidental. Luego abrimos fuego contra los turcos desde nuestra posición central y hostigamos sus líneas expuestas con impactos y rebotes.
El enemigo sintió que el día ya no le era favorable. Se estaba consumiendo, y la puesta de sol solía dar la victoria a los defensores que aún se mantendrían en pie. El viejo general Hamid Fakhri reunió a su Estado Mayor y a su Plana Mayor, y ordenó a cada hombre que tomara un fusil. «Soy soldado desde hace cuarenta años, pero jamás vi a unos rebeldes combatir así. Entren en las filas…», pero ya era demasiado tarde.