Al final tuvimos que dejar a unos veinte sobre la hierba espesa junto al arroyo, donde al menos no morirían de sed, aunque había pocas esperanzas de vida o rescate para ellos.
Nasir se puso a pedir mantas para aquellos hombres abandonados, que iban semidesnudos; y mientras los árabes hacían el equipaje, me fui valle abajo, hacia el lugar donde había sido el combate, para ver si los muertos llevaban alguna ropa de la que se pudiera prescindir. Pero los beduinos se me habían adelantado y los habían desnudado por completo. Tal era su código de honor.
Para un árabe, una parte esencial del triunfo de la victoria era vestir las ropas de un enemigo; y al día siguiente vimos a nuestra fuerza transformada (en su mitad superior) en una fuerza turca, cada hombre con la guerrera de un soldado: pues este era un batallón recién llegado de la metrópoli, muy bien apertrechado y vestido con nuevos uniformes.
Los hombres muertos se veían maravillosos. La noche brillaba suavemente sobre ellos, suavizándolos hasta convertirlos en nuevo marfil. Los turcos tenían la piel blanca en las partes cubiertas por la ropa, mucho más blancos que los árabes; y estos soldados habían sido muy jóvenes.
Muy cerca de ellos lamía la oscura ajenza, ahora pesada de rocío, en la que los extremos de los rayos de luna centelleaban como espuma de mar. Los cadáveres parecían arrojados con tanta lástima al suelo, amontonados de cualquier modo en montículos bajos. Seguro que, si los enderezaban, estarían cómodos por fin.
Así que los puse a todos en orden, uno por uno, muy cansado yo mismo, y deseando ser uno de estos tranquilos, no de la muchedumbre inquieta, ruidosa y dolorida allá arriba en el valle, discutiendo por el botín, presuminiendo de su velocidad y fuerza para soportar sabe Dios cuántos trabajos y dolores de esta clase; con la muerte, ganáramos o perdiéramos, esperando para poner fin a la historia.