En El Cairo, mis pies calzados con sandalias hacían chas, chas por los silenciosos pasillos del Savoy hacia la oficina de Clayton, quien solía recortar la hora del almuerzo para hacer frente a su abrumador trabajo. Al entrar, levantó la vista de su escritorio con un murmullo: « Mush fadi » (angloegipcio para «ocupado»), pero hablé y recibí una bienvenida sorprendida.
La noche anterior en Suez había redactado un informe breve; así que solo tuvimos que hablar de lo que era necesario hacer. Antes de que terminara la hora, el Almirante llamó por teléfono para decir que el Dufferin estaba cargando harina para su viaje de emergencia.
Clayton extrajo dieciséis mil libras en oro y consiguió una escolta para llevarlas a Suez en el tren de las tres. Esto era urgente, para que Nasir pudiera hacer frente a sus deudas.
Los billetes que habíamos emitido en Bair, Jefer y Guweira eran promesas escritas a lápiz, en impresos de telégrafos del ejército, de pagar cierta cantidad al portador en Áqaba. Era un gran sistema, pero nadie se había atrevido antes a emitir billetes en Arabia, porque los beduinos no tenían ni bolsillos en sus camisas ni cámaras acorazadas en sus tiendas, y los billetes no se podían enterrar por seguridad.
Así pues, existía un prejuicio insuperable contra ellos, y por nuestro buen nombre era fundamental que fueran canjeados pronto.
Después, en el hotel, traté de encontrar ropa menos llamativa para el público que mi atuendo árabe; pero las polillas habían estropeado todo mi guardarropa anterior, y pasaron tres días antes de que lograra vestir tan mal como de costumbre.
Mientras tanto oí hablar de la excelencia de Allenby y de la última tragedia de Murray, aquel segundo ataque a Gaza que Londres impuso a un hombre demasiado débil o demasiado diplomático para resistirse; y de