Codal
nydus/Seven Pillars of WisdomPublic
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XXXV

Esto era inquietante, pues la sorpresa era nuestro principal aliado, y solo podíamos esperar que no regresara para advertir a los turcos de que había merodeadores por los alrededores.

Después de que los pesados camellos con los explosivos nos alcanzaron, volvimos a montar para acercarnos a la línea; pero no habíamos avanzado mucho cuando, descaradamente, flotando contra el viento visible en el valle brumoso, llegó el toque de llamada a comer de las cornetas turcas.

Dakhil-Allah inclinó la oreja hacia la dirección del sonido y comprendió que por allí quedaba Madahrij, la pequeña estación bajo la cual pensábamos operar. Así que pusimos rumbo hacia aquel ruido aborrecible, aborrecible porque hablaba de cena y de tiendas, mientras que nosotros estábamos a la intemperie y, en una noche así, no podíamos esperar hacernos fuego y cocer pan con la harina y el agua de nuestras alforjas, por lo que tendríamos que pasar hambre.

No llegamos al ferrocarril hasta pasada las diez de la noche, en unas condiciones de invisibilidad que hacían inútil elegir una posición para la ametralladora. Al azar elegí el kilómetro 1.121 desde Damasco para colocar la mina. Era una mina compleja, con un disparador central para hacer explotar cargas simultáneas con treinta yardas de separación: y con esto esperábamos alcanzar a la locomotora, tanto si iba hacia el norte como hacia el sur. Enterrar la mina llevó cuatro horas, pues la lluvia había apelmazado la superficie y la había reblandecido. Nuestros pies dejaron enormes huellas en el llano y en el terraplén, como si una manada de elefantes hubiera estado bailando allí. Ocultar estas marcas estaba fuera de cuestión, así que hicimos lo contrario, pateando durante cientos de yardas, trayendo incluso a nuestros camellos para ayudar, hasta que parecía que medio ejército había cruzado el valle, y el lugar de la mina no era ni mejor ni peor que el resto.

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