ayudarles y resbalamos nosotros mismos ladera abajo con la misma facilidad. Al fin nos quitamos las botas nuevas y queridas, estrenadas para defendernos del invierno, y arrastramos a los camellos cuesta arriba descalzos, tal como en el viaje de bajada.
Ese fue el fin de nuestra comodidad, y habremos desmontado unas veinte antes de la puesta del sol.
Algunos de los descensos fueron involuntarios, cuando nuestros camellos resbalaban de lado bajo nosotros y caían con el repiqueteo de monedas resonando en el hueco ronquido de sus vientres en forma de barril. Mientras estaban fuertes, estas caídas los ponían tan furiosos como solo una camella puede estarlo; después se volvían melancólicos y, por último, temerosos.
También nos volvimos impacientes los unos con los otros, pues el viento rancio no nos daba tregua. Nada en Arabia podía ser más cortante que un viento del norte en Maan, y el de hoy era de los más agudos y fuertes. Soplaba a través de nuestras prendas como si no lleváramos ninguna, nos entumecía los dedos en garras incapaces de sostener la jáquima o la fusta, y nos acalambraba las piernas de modo que no teníamos sujeción al arzón. En consecuencia, al ser arrojados de nuestras bestias que caían, salíamos disparados para estrellarnos rígidamente contra el suelo, aún congelados y quebradizos en la postura de montar con las piernas cruzadas.
Sin embargo, no llovía y el viento parecía resecar, así que mantuvimos firmemente el rumbo hacia el norte. Al anochecer casi habíamos llegado al arroyo de Basta. Esto significaba que estábamos viajando a más de una milla por hora; y por miedo a que al día siguiente tanto nosotros como nuestros camellos estuviéramos