La última parte de la marcha fue ya de noche y, cuando nos detuvimos, Arslan faltaba. Hicimos descargas y encendimos hogueras esperando que diera con nosotros; pero hasta el alba no hubo rastro, y los juheina corrían de un lado para otro en una búsqueda dubitativa. Sin embargo, solo estaba a una milla de distancia, profundamente dormido bajo un árbol.
Una hora corta más tarde nos detuvimos en las tiendas de una esposa de Dakhil-Allah para comer. Mohammed se permitió un baño, un nuevo trenzado para su cabello abundante y ropa limpia. Tardaron muchísimo con la comida, y no fue hasta cerca del mediodía cuando por fin llegó: un gran cuenco de arroz con azafrán, con un cordero desmembrado esparcido por encima.
Mohammed, que consideraba su deber en mi honor ser exquisito en el servicio, detuvo el plato principal y apartó de él la cantidad justa para llenar un pequeño cuenco de cobre para él y para mí. Luego hizo señas al resto del campamento para que se acercaran a la gran provisión.
La madre de Mohammed se sabía lo suficientemente anciana como para sentir curiosidad por mí. Me interrogó sobre las mujeres de la tribu de los cristianos y su forma de vida, maravillada por mi piel blanca y por esos horribles ojos azules que parecían, según decía, el cielo brillando a través de las cuencas de una calavera vacía.
Wadi Osman hoy era de curso menos irregular y se ensanchaba lentamente. Al cabo de dos horas y media torció de repente a la derecha por una brecha, y nos hallamos en Hamdh, en un estrecho desfiladero de paredes acantiladas. Como de costumbre, las márgenes del lecho de arena dura estaban desnudas; y el centro se erizaba de árboles hamdla-asla, cubiertos de costras grises, salobres y abultadas. Ante