Rumores lucrativos entusiasmaron al ejército, que comenzó a escurrirse hacia el norte poco después de la medianoche.
Al amanecer reunimos a los diversos contingentes en Wadi Miya, a doce millas al sur del pueblo, y avanzamos sobre este en orden, encontrando a unos pocos turcos dispersos, de los cuales un grupo opuso una breve resistencia.
Los ageyl desmontaron para quitarse las capas, pañuelos de cabeza y camisas, y continuaron en una semidesnudez morena que, según decían, garantizaría heridas limpias en caso de ser alcanzados; además, sus preciosas ropas no sufrirían daños.
Ibn Dakhil, al mando, obtuvo una tranquila regularidad de obediencia. Avanzaban por compañías alternas, en orden abierto, a intervalos de cuatro o cinco yardas, con las compañías de número par en apoyo, aprovechando bien la escasa cobertura existente.
Era hermoso contemplar a aquellos hombres pulcros y morenos en el soleado valle de arena, con la piscina turquesa de agua salada en el medio para realzar los estandartes carmesí que dos abanderados llevaban a la vanguardia. Avanzaban al trote constante, cubriendo el terreno a casi seis millas por hora, de un silencio sepulcral, y alcanzaron y ascendieron la cresta sin que se disparara un solo tiro. Así que supimos que el trabajo nos había sido concluido y avanzamos al trote para encontrar al muchacho Saleh, hijo de ibn Shefia, en posesión de la ciudad.