Nasir salió con ibn Dgheithir y sus Ageyl marchando de cuatro en fondo por el lecho abierto del valle. Nativos nuestros cesaron el fuego. Los turcos se detuvieron entonces, porque sus soldados rasos ya no tenían ganas de luchar ni comida, y creían que nosotros estábamos bien abastecidos. Así pues, la rendición transcurrió pacíficamente después de todo.
Mientras los árabes se precipitaban a saquear, vi a un ingeniero con uniforme gris, barba roja y perplejos ojos azules, y le hablé en alemán. Era el perforador de pozos y no sabía turco. Los acontecimientos recientes lo habían desconcertado y me rogó que le explicara qué pretendíamos. Le conté que éramos una rebelión de los árabes contra los turcos. Tardó un tiempo en asimilarlo. Quiso saber quién era nuestro líder. Le dije que el jerife de La Meca. Supuso que lo mandarían a La Meca. Le dije que más bien a Egipto. Preguntó por el precio del azúcar y, cuando le respondí: «barato y abundante», se alegró.
Se tomó la pérdida de sus pertenencias con filosofía, pero sentía lo del pozo, que con un poco de trabajo habría terminado siendo su monumento.
Me enseñó dónde estaba, con la bomba a medio construir. Tirando del cubo de lodo sacamos la suficiente agua clara y deliciosa para calmar nuestra sed.
Luego cruzamos a toda velocidad una intensa tormenta de arena rumbo a Ácaba, cuatro millas más allá, y nos metimos de un chapuzón en el mar el seis de julio, exactamente dos meses después de nuestra partida de Wejh.