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nydus/Seven Pillars of WisdomPublic
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LXXV

Desgraciadamente, mi tiempo de descanso se vio arruinado por un lecho de justicia. La disputa entre Ahmed y Awad estalló durante esta cacería de gacelas convirtiéndose en un duelo. Awad le voló el cordón de la cabeza a Ahmed; Ahmed le hizo un agujero en la capa a Awad. Los desarmé y ordené a gritos que les cortaran a cada uno el pulgar y el índice de la mano derecha. El terror que esto les provocó los llevó a un beso de paz instantáneo, violento y público.

Un poco más tarde, todos mis hombres salieron fiadores solidarios de que el problema había terminado. Remití el caso a Ali ibn el Hussein, quien los puso en libertad condicional, tras sellar su promesa con la antigua y curiosa penitencia nómada de golpear la cabeza fuertemente con el filo de una daga pesada una y otra vez hasta que la sangre brotada descendía hasta el cinturón. Causaba heridas en el cuero cabelludo dolorosas pero no peligrosas, cuyo dolor al principio y cuyas cicatrices después debían recordarle al infractor en potencia el compromiso que había contraído.

Continuamos avanzando durante millas por un terreno perfecto, a través de una región rica para los camellos, hasta que en Abu Sawana hallamos una hondonada de pedernal, repleta de agua de lluvia deliciosamente clara en un cauce estrecho de dos pies de profundidad y tal vez diez de ancho, pero de media milla de largo.

Esto serviría como punto de partida para nuestro ataque al puente. Para asegurarnos de su seguridad, cabalgamos unos pocos yardas más allá, hasta la cima de una colina pedregosa; y allí nos encontramos contemplando a un grupo en retirada de jinetes circasianos, enviados por los turcos para informar si las fuentes estaban ocupadas. Nos habían evitado, para mutuo beneficio de ambos, por cinco minutos.

A la mañana siguiente llenamos nuestros pellejos de agua, ya que no encontraríamos nada que beber entre aquí y el puente; y luego

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