al ver nuestra sigilosidad, nos habrían tomado por enemigos salteadores y habrían dado la alarma en sus tiendas.
Nuestra posición, admirable frente al ferrocarril, era una ratonera en la que dejarse atrapar por fuerzas móviles superiores: así que dimos la alarma, montamos y nos deslizamos cruzando el valle por el que habíamos entrado, y sobre su cresta oriental hacia una pequeña llanura, donde podíamos hacer galopar a nuestros animales. Dimos inercia a la marcha hacia unos montecillos en su extremo opuesto, y nos pusimos a cubierto tras ellos antes de que el enemigo estuviera en condiciones de vernos.
Allí el terreno se adaptaba mejor a nuestras tácticas y los esperamos; pero estaban al menos imperfectamente informados, pues pasaron de largo ante nuestro viejo escondite y se alejaron rápidamente hacia el sur, dejándonos desconcertados. No había árabes entre ellos —todos eran soldados regulares—, de modo que no teníamos que temer que nos siguieran el rastro, pero también aquí parecía como si los turcos estuvieran en alerta. Esto era conforme a mis deseos, y me alegré, pero Zaal, sobre quien recaía la responsabilidad militar, estaba inquieto. Sostuvo un consejo con aquellos otros que conocían el país y, al final, volvimos a montar y emprendimos el trote hacia otra colina, bastante más al norte de la nuestra, pero bastante satisfactoria. Por casualidad, además, estaba libre de complicaciones tribales.
Este era Minifir en propiedad, una colina de cabeza redonda, cubierta de hierba y de dos hombros. El collado elevado que había entre ellos nos ofrecía, en su vertiente oriental, una pista ancha perfectamente resguardada del norte, del sur y del oeste, que proporcionaba un refugio seguro en el desierto. En la parte superior, el collado formaba una hondonada, de modo que el agua de lluvia acumulada había enriquecido la tierra y el pasto era