Codal
nydus/Seven Pillars of WisdomPublic
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XCIX

Pues era muy anciano; cetrino y ajado, con una gris tristeza y un remordimiento en torno suyo, y una sonrisa amarga como único gesto móvil en el rostro. Sobre sus ásperas pestañas, los párpados colgaban en pliegues cansados, a través de los cuales, por el sol cenital, una luz roja brillaba en sus cuencas oculares y las hacía parecer pozos de fuego en los que el hombre se estuviera consumiendo lentamente. Solo el negro muerto de su cabello teñido, solo la piel muerta del rostro, con su red de arrugas, delataban sus setenta años.

Hubo conversaciones ceremoniales acerca de este líder de quien tan poco se hablaba, pues con él venían los principales de su tribu, jeques famosos tan ataviados con sedas de su propia hechura, o regalo de Feisal, que crujían como mujeres mientras avanzaban con paso lento y majestuoso como bueyes.

El primero de ellos era Faris: como Hamlet, sin perdonar a Nuri por el asesinato de su padre; Sottam: un hombre enjuto, de bigote caído y rostro blanco y antinatural, que hacía frente a la censura oculta del mundo con modales suaves y una voz meliflua y autocrítica.

«Yifham», chilló de asombro refiriéndose a mí. «Entiende nuestro árabe».

Estaban Trad y Sultan, de ojos redondos, serios y de hablar directo; figuras de hombres honorables y grandes jefes de caballería. También Mijhem, el rebelde, había sido traído por Feisal y reconciliado con su reacio tío, quien parecía tolerar a medias su presencia desapacible y de facciones finas a su lado, aunque los modales de Mijhem eran efusivamente amistosos.

Mijhem era también un gran líder, rival de Trad en la dirección de las algaradas, pero de corazón débil y cruel. Se sentó junto a Khalid, el hermano de Trad, otro jinete sano y alegre, parecido a Trad de rostro, pero menos corpulento.

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