Perezosas noches, tres de ellas, en las tiendas del coche blindado en Guweira fueron agradables, con Alan Dawnay, Joyce y otros charlando, y Tafila de qué presumir. Sin embargo, estos amigos estaban un poco dolidos por mi suerte, pues su gran expedición con Feisal hacía quince días para aplastar Mudowwara había resultado infructuosa.
En parte era el viejo problema de la cooperación entre tropas regulares e irregulares; en parte fue culpa del viejo Mohammed Ali el Beidawi, quien, puesto al frente de los Beni Atiyeh, había llegado con ellos hasta el agua, gritó: «¡Alto del mediodía!» y se había quedado allí durante dos meses, cediendo a esa veta hedonista entre los árabes que los convertía en indefensos esclavos de la indulgencia carnal.
En Arabia, donde escaseaba lo superfluo, la tentación de la comida necesaria acechaba siempre a los hombres. Cada bocado que pasaba por sus labios podía convertirse, si no estaban atentos, en un placer. Los lujos podían ser tan sencillos como el agua corriente o un árbol con sombra, cuya escasez y mal uso a menudo los convertían en codicias.
Su historia me recordó el «¡Bajaros de esa burra, hombres de Tarso, sentados en vuestro río como gansos, borrachos de su agua blanca!» de Apolonio.
Luego vinieron treinta mil libras en oro desde Áqaba para mí, y mi camella crema, Wodheiha, la mejor de mi yeguada restante. Era de la cría de los Ateiba y había ganado muchas carreras para su antiguo dueño; además, estaba en un estado magnífico, gorda pero no demasiado, con las almohadillas endurecidas por mucha práctica sobre los pedregales del norte, y el pelaje espeso y enmarañado.