Solo podían alzarse una vez, y su esfuerzo en aquella ocasión debía ser decisivo. Convocarlos ahora era arriesgar el mejor recurso que Feisal tenía para lograr el éxito final, basándose en la especulación de que el primer ataque de Allenby barrería al enemigo ante sí y de que el mes de noviembre no tendría lluvias, siendo favorable para un avance rápido.
Pesar en mi mente al ejército inglés y no pude asegurarme de él con honradez. A menudo los hombres eran combatientes valientes, pero sus generales con la misma frecuencia regalaban en estupidez lo que habían ganado en ignorancia.
Allenby era un completo novato, nos lo habían enviado desde Francia con un historial no del todo impecable, y sus tropas se habían desmoronado durante el periodo del Sinaí y habían quedado destrozadas por él.
Por supuesto, luchábamos por una victoria de los Aliados y, dado que los ingleses eran los socios principales, los árabes tendrían, en última instancia, que ser sacrificados por ellos. ¿Pero era la última instancia? La guerra, en general, no iba ni muy bien ni muy mal, y parecía como si pudiera haber tiempo para otro intento el próximo año.
Así que decidí posponer el riesgo por el bien de los árabes.