En realidad, había sido puesto en libertad por los turcos a petición del jedive Abás Hilmi, y este lo había enviado a La Meca por asuntos privados. Fue allí, vio al rey Husein y regresó con una bandera carmesí y nobles regalos, con su mente alocada medio convencida de nuestra causa y brillando a tirones de entusiasmo.
A Feisal le ofreció los cuerpos y las almas de sus aldeanos, unos exiliados argelinos robustos y de golpe recio que vivían apiñados en la margen norte del Yarmuk.
Aprovechamos con avidez la oportunidad que esto nos brindaría de controlar por un breve tiempo la sección central del ferrocarril del Valle, incluidos dos o tres puentes principales, sin el inconveniente de levantar al campesinado de la región; ya que los argelinos eran extranjeros aborrecidos y los campesinos árabes no se les unirían.
En consecuencia, pospusimos la cita con Rafa para que se nos reuniera en Azrak, y no dijimos una sola palabra a Zaal, concentrando en su lugar nuestros pensamientos en Wadi Khalid y sus puentes.
Mientras nos hallábamos en este estado de ánimo, llegó un telegrama del coronel Bremond que nos advertía que Abd el Kader era un espía a sueldo de los turcos.
Resultaba desconcertante. Lo observamos de cerca, pero no hallamos prueba alguna de la acusación, la cual no debía aceptarse a ciegas, viniendo de Bremond, que era más una carga que un colega nuestro; su temperamento militar podría haber nublado su juicio al oír las abiertas denuncias públicas y privadas de Abd el Kader contra Francia.
La concepción que los franceses tenían de su país como una bella mujer les infundía un rencor nacional contra aquellos que desdeñaban sus encantos.