Si nos llevábamos estas dos terceras partes —perdón, doscientas— mulas, aquellos hombres orgullosos abandonarían Áqaba y las llevarían a sus tiendas pasando por Azrak, para fanfarronear ante las mujeres. En cuanto a los prisioneros, Násir no agradecería dos mil —doscientas— bocas inútiles: así que tendríamos que matarlos; o dejarlos ir, revelando nuestro número al enemigo.
Nos sentamos a rechinar los dientes ante ellos y los dejamos pasar: una dura prueba de la que apenas salimos con honor.
Zaal lo hizo. Se portó de lo mejor, esperando de mí una gratitud tangible más tarde; y contento, mientras tanto, de mostrarme su autoridad sobre los beduinos. Lo respetaban como lugarteniente de Auda y como un combatiente famoso, y en uno que otro pequeño motín había demostrado un dominio lleno de seguridad en sí mismo.
Ahora fue puesto a prueba al límite.
El Hubsi, primo de Auda, un joven impetuoso, mientras los turcos desfilaban inocentemente a novecientos metros de nuestras ansiosas bocas de fusil, se puso en pie de un salto y corrió hacia adelante gritando para atraerlos y forzar un combate: pero Zaal lo alcanzó en diez zancadas, lo tiró al suelo y lo vapuleó salvajemente una y otra vez hasta que temimos que los gritos del muchacho, ahora muy diferentes, cumplieran su anterior propósito.
Era triste ver cómo una pequeña y grata victoria se nos escapaba de las manos por propia voluntad, y estuvimos sombríos hasta que cayó la noche y confirmó nuestra sensación de que una vez más no habría tren. Esta fue la ocasión definitiva, pues la sed se nos venía encima y al día siguiente había que abrevar a los camellos. Así que, anochecido, volvimos a la vía, colocamos treinta cargas de dinamita en los rieles más curvados y las detonamos sin prisa.