Su comandante Fitzmaurice (un buen nombre en Turquía) era el alma de la hospitalidad y encontraba una serena diversión en nuestro trabajo en tierra. Nos ayudó de mil maneras; sobre todo con las señales, pues era un experto en telegrafía sin hilos, y un día, a mediodía, el Northbrook entró en el puerto y desembarcó para nosotros un equipo de radio del ejército sobre un camión ligero. Como no había nadie que nos lo explicara, estábamos desconcertados; pero Fitzmaurice acudió corriendo a tierra con la mitad de su tripulación, llevó el vehículo a un emplazamiento adecuado, montó los mástiles profesionalmente, puso en marcha el motor y realizó las conexiones con tal eficacia que, antes del atardecer, había llamado al atónito Northbrook y mantenido una larga conversación con su operador. La estación aumentó la eficacia de la base en Wejh y estuvo ocupada día y noche, llenando el mar Rojo de mensajes en tres lenguas y veinte clases diferentes de códigos cifrados del ejército.
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