a Eshref?» * «¿Es esta vuestra recompensa a nuestra hospitalidad?» Mientras que Eshref había respondido como Suckling: «¡Puedo luchar, ya esté en lo cierto o
—¿Cuántos millones recibieron los árabes? —exclamó con aliento avieso el viejo y codicioso Mohammed Ali al enterarse de que Abdulla, con los codos hundidos en el cofre capturado, arrojaba el oro a puñados a las tribus.
Raja era por doquier sumamente solicitado, y esa noche durmió siendo un hombre más rico, con total merecimiento, pues la marcha de Abdulla hacia Ais aseguró la situación en Medina.
Con Murray presionando en el Sinaí, Faisal acercándose a Wejh y Abdulla entre Wejh y Medina, la posición de los turcos en Arabia pasó a ser meramente defensiva. La marea de nuestra mala fortuna había cambiado; y el campamento, al ver nuestros rostros alegres, estuvo bullicioso hasta el amanecer.
Al día siguiente cabalgamos sin prisa. Se nos antojó tomar un desayuno cuando encontramos otros pequeños charcos de agua en un valle árido que bajaba desde El Sukhur, un grupo de tres colinas extraordinarias parecidas a burbujas de granito sopladas a través de la tierra. El viaje fue agradable porque hacía fresco; éramos muchos; y nosotros dos, los ingleses, teníamos una tienda en la que podíamos encerrarnos y estar a solas. Un fastidio del desierto era vivir siempre en compañía, pues cada miembro del grupo oía todo lo que se decía y veía todo lo que los demás hacían, día y noche. Sin embargo, el anhelo de soledad parecía parte de la ilusión de autosuficiencia, una forma ficticia de escasear la propia persona para realzar su singularidad a los ojos de uno mismo. Tener privacidad, como