Toda constitución superior era el sistema burocrático importado del turco, en la práctica bastante bueno o muy malo según la fragilidad de los instrumentos humanos (generalmente gendarmes) a través de los cuales, en última instancia, funcionaba.
El pueblo, aun el mejor educado, mostraba una curiosa ceguera ante la insignificancia de su país y una falsa idea sobre el egoísmo de las grandes potencias, cuyo curso normal era considerar sus propios intereses antes que los de las razas desarmadas.
Algunos clamaban a voces por un reino árabe. Por lo general eran musulmanes; y los cristianos católicos les replicaban exigiendo la protección europea de una orden thalemita, que concedía privilegios sin obligaciones.
Ambas propuestas estaban, por supuesto, muy lejos de los corazones de los grupos nacionales, que pedían a gritos la autonomía para Siria, teniendo conocimiento de lo que era la autonomía, pero sin conocer Siria; pues en árabe no existía tal nombre, ni nombre alguno para todo el país que cualquiera de ellos tenía en mente. La pobreza verbal de su nombre tomado de Roma indicaba una desintegración política.
Entre ciudad y ciudad, aldea y aldea, familia y familia, credo y credo, existían íntimas rivalidades fomentadas con esmero por los turcos.
El tiempo parecía haber proclamado la imposibilidad de una unión autónoma para semejante tierra. En la historia, Siria había sido un corredor entre el mar y el desierto, uniendo África con Asia, Arabia con Europa. Había sido un cuadrilátero, un vasallo, de Anatolia, de Grecia, de Roma, de Egipto, de Arabia, de Persia, de Mesopotamia. Cuando la debilidad de sus vecinos le otorgaba una independencia momentánea, se disolvía ferozmente en discordantes «reinos»