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nydus/Seven Pillars of WisdomPublic
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XCIII

Me arrodillé a su lado, sosteniendo mi pistola cerca del suelo junto a su cabeza, para que no viera mi propósito; pero debió de adivinarlo, pues abrió los ojos y me agarró con su mano áspera y escamosa, la diminuta mano de estos impubes muchachos del Néyed.

Esperé un momento, y él dijo: «Daud se enojará contigo», y la vieja sonrisa volvió de manera tan extraña a aquel rostro gris y encogido. Yo respondí: «Salúdalo de mi parte».

Él repitió la respuesta formal: «Dios te dará la paz», y por fin cerró los ojos con cansancio.

El tranvía turco estaba ya muy cerca, bamboleándose por la vía hacia nosotros como un escarabajo pelotero: y las balas de su ametralladora picaban el aire alrededor de nuestras cabezas mientras huíamos de regreso a las crestas.

Mohsin guiaba el camello de Farraj, sobre el que iban su piel de oveja y sus aparejos, que aún conservaban la forma de su cuerpo, tal como había caído junto al puente.

Cerca del anochecer nos detuvimos; y el Zaagi vino a susurrarme que todos estaban disputando sobre quién montaría el espléndido animal al día siguiente. La quería para él; pero a mí me amargaba que estos muertos consumados hubieran vuelto a robarle a mi pobreza: y para abaratas la gran pérdida con una pequeña, le pegué un tiro a la pobre bestia con mi segunda bala.

Luego el sol se puso sobre nosotros. A través del mediodía sin aliento en los valles de Kerak, el aire prisionero había incubado estancadamente sin alivio, mientras el calor chupaba el perfume de las flores. Con la oscuridad el mundo se movió una vez más, y un soplo del oeste se deslizó sobre el desierto. Estábamos a millas de la hierba y las flores, pero

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