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nydus/Seven Pillars of WisdomPublic
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LXVIII

El entierro llevó horas, y el alba nos sorprendió mientras trabajábamos. No hubo un aclaramiento perceptible, y cuando miramos alrededor para saber por dónde cedía la oscuridad, no pudimos ver ningún avance especial del día. Largos minutos después el sol se dejó ver, muy alto sobre el borde de la tierra, sobre un banco difuminado de neblina sin límites.

Nos retiramos mil yardas río arriba por el lecho cubierto de matorrales del valle para tender una emboscada durante el intolerable día.

Conforme pasaban las horas, el sol arreciaba y brillaba tan de cerca sobre nuestra resplandeciente trinchera que nos sentíamos acosados por sus rayos. Los hombres estaban como locos, exasperados hasta el límite por la esperanza del éxito. No querían escuchar otra palabra que no fuera la mía y me traían sus problemas para que los juzgara.

En los seis días de incursión maduraron y se resolvieron doce casos de agresión con armas, cuatro robos de camellos, un matrimonio, dos hurtos, un divorcio, catorce enemistades, dos de mal de ojo y un hechizo.

Estas decisiones se adoptaron a pesar de mi imperfecto conocimiento del árabe. La falsedad de mi negocio me dolía. Ahí tenía más frutos, frutos amargos, de mi decisión, ante Áqaba, de convertirme en uno de los líderes de la Revuelta.

Estaba levantando a los árabes bajo falsas pretensiones, y ejerciendo una autoridad falsa sobre mis incautos, basándome en poco más que en sus rostros, tal como se aparecían a mis ojos, llorosos y escocidos tras un año de exposición al latido, latido de la luz del sol.

Aguardamos ese día y la noche. Al ponerse el sol, un escorpión salió raudo del arbusto junto al cual me había tendido para consignar el cansancio de la jornada y, aferrándose a mi mano izquierda, me picó, según me pareció, repetidas veces.

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