El elemento «sentido» de las tropas, inapreciable en cifras, tenía que adivinarse mediante el equivalente de la δοξα platónica, y el mayor comandante de hombres era aquel cuyas intuiciones más se acercaban a cumplirse. Nueve décimas partes de la táctica eran lo bastante ciertas como para enseñarse en las escuelas; pero la décima parte irracional era como el martín pescador centelleando al pasar sobre el estanque, y en ella residía la prueba de los generales. Solo podía perseguirse mediante el instinto (afinado por el pensamiento que ensaya el golpe) hasta que en la crisis surgía de manera natural, un reflejo. Había habido hombres cuya δοξα se acercaba tanto a la perfección que por su camino alcanzaban la certeza de la επιστημη . Los griegos podrían haber llamado νοησις a semejante genio para el mando de haberse molestado en racionalizar la revuelta.
Mi mente osciló de vuelta para aplicar esto a nosotros mismos, y supo de inmediato que no estaba limitado a la humanidad, que se aplicaba también a los materiales. En Turquía las cosas eran escasas y valiosas, los hombres menos estimados que el equipo.
Nuestra consigna era destruir, no el ejército turco, sino sus minerales. La muerte de un puente o un carril turcos, de una máquina, un cañón o una carga de alto explosivo, era más provechosa para nosotros que la muerte de un turco.
En el ejército árabe, en ese momento, éramos remisos tanto con los materiales como con los hombres. Los gobiernos veían a los hombres solo en masa; pero nuestros hombres, al ser irregulares, no eran formaciones, sino individuos. Una muerte individual, como una guijarro arrojado al agua, tal vez solo abriera un breve hueco; pero de ahí se abrían en círculos ondas de dolor. No podíamos permitirnos bajas.