Sin embargo, el truco de Deraa ayudó, el de abrir bien los dedos de los pies y encorvarlos hacia abajo en el lodo en cada zancada: y por este medio, en grupo, aferrándonos y sosteniéndonos unos a otros, mantuvimos el avance.
El aire parecía lo bastante frío como para congelar cualquier cosa, pero no lo hacía: el viento, que había rociado durante la noche, nos azotaba desde el oeste en agoreros milanos.
Nuestras capas se hinchaban y arrastraban como velas, en nuestra contra. Al fin nos las quitamos de encima y caminamos con más ligereza, con las camisas ceñidas al cuerpo para frenar sus aletazos.
La dirección tornasolada de las turbonadas se revelaba a nuestros ojos por la neblina blanca que arrastraban de colina en valle.
Nuestras manos estaban tan insensibles por el entumecimiento que solo conocíamos las heridas en ellas por las manchas rojas en su barro reseco; pero nuestros cuerpos no estaban tan fríos y, durante horas, temblaron bajo los granizos de cada tormenta.
Nos contorsionóbamos para recibir el filo por un costado ileso y apartábamos las camisas de la piel para protegernos por un instante.
Al caer la tarde habíamos recorrido las diez millas hasta Aba el Lissan. Los hombres de Maulud se habían ocultado y nadie nos saludó; lo cual estuvo bien, pues íbamos sucios y miserables; escuálidos como gatos rapados. Después el avance fue más fácil, las últimas dos millas hasta la cabecera de Shtar estaban congeladas como el hierro. Volvimos a montar en nuestros camellos, cuyo aliento escapaba blanquecinamente por sus fosas nasales protestantes, y cabalgamos a toda prisa hasta el primer atisbo maravilloso de la llanura de Guweira, cálida, roja y acogedora, tal como se veía a través de los huecos de las nubes.